
Este aspecto presentan las Urgencias del Hospital Inmaculada Concepción de Les Cayes tras el seísmo. | MANUEL SOLLA
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Solla participó en una misión médica en el país caribeño tras el seísmo
HUESCA.- "Un tugurio de cuarenta metros cuadrados con pacientes en el suelo y muchísimos mirones por el mero morbo, sin ninguna organización ni baños ni grifos" y recubierto de "una amalgama de sangre, pus, sudor y orines". Ese fue el panorama que un equipo médico español, enviado por la ONG Mensajeros de la Paz y actuando bajo mandato de la ONU, encontró al recalar, tras varios cambios de destino, en un quirófano del Hospital Inmaculada Concepción de la tercera ciudad de Haití, Les Cayes, dos semanas después del terremoto que acabó con más de 220.000 haitianos. Entre esos médicos se encontraba José Manuel Solla Camino, médico rural y presidente de la Fundación SEMG Solidaria, con la que lleva diez años trabajando en proyectos sanitarios en Nicaragua. Durante una semana, estos diez médicos españoles tuvieron que bregar con la falta de espacio, de medios y de condiciones higiénicas, "el éxodo de los habitantes que se iban de Puerto Príncipe", "el descontrol del hospital", que Solla califica de "lo peor de todo", y "el pasotismo" de buena parte de las enfermeras locales, sin olvidar lo más importante: la gran cantidad de heridos que llegaban con aplastamientos, miembros amputados, síndromes compartimentales, traumatismos abdominales y fracturas, alguno de ellos, como un hombre de 63 años, tras andar trece horas con graves heridas sufridas el día del seísmo. Solla recuerda con pena el "pasotismo" de las enfermeras. "No cumplían las órdenes que dábamos por escrito y verbalmente y hubo un paciente, al que sólo tenían que pasar un aspirador quirúrgico para quitar la sangre que le impedía respirar, que murió por eso", afirma. "Las llamábamos "las pajaritas", porque salían del turno con el uniforme igual de blanco que cuando entraban". También lamenta "la prepotencia de una parte de la cooperación estadounidense", con quienes había "cierta fricción" por sus modos -"entraban al quirófano sin lavarse siquiera y empujaban al cirujano en mitad de la operación", algo de lo que también se quejaron cooperantes de otras nacionalidades con quienes conversó Solla, que recuerda especialmente la emotiva despedida de los pacientes.
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